Buscaba el Santo Grial (y lo encontré en Montserrat).

No se si ha estado usted, amigo lector, alguna vez en la Abadía de Montserrat. Si no ha estado aún le recomiendo encarecidamente que vaya cuanto antes. Y si ha estado ya alguna vez le recomiendo que vuelva, cuanto antes también

Es un lugar mágico, casi diría que de otro planeta. Las formaciones rocosas, la naturaleza abrupta y frondosa que lo rodea, así como la exótica subida en tren de cremallera (puede subir en coche, pero no se lo aconsejo por las curvas) hacen que cada vez que uno sube tenga la sensación de estar llegando a un sitio realmente especial.

No es ningún secreto que Hitler, ávido de objetos de poder esotérico, mandó a su lugarteniente Himmler a Montserrat en busca del Santo Grial, donde pensaban que estaba escondido. Miguel G. Aracil cuenta en Himmler en Montserrat: en busca del Grial que el líder de las SS exigió ver todos los documentos del monasterio que estuviesen relacionados con el Cáliz. Ante la negativa del padre Ripol, Himmler gritó: «¡Todo el mundo en Alemania sabe que el Grial está en Montserrat!».

En mi caso llevaba tiempo siguiendo la pista de unos manuscritos iluminados (tres libros de horas) conservados en la biblioteca de la Abadía. Conocía, gracias a la investigación de Josefina Planas de su existencia y de la importancia de los mismos. No hago en vano esta apreciación, puesto que uno de ellos está realizado por Jean Bourdichon, pintor de la corte de los Reyes de Francia y autor de archiconocido “Grandes Horas de Ana de Bretaña”. Otro de los manuscritos fue realizado en el taller de Simon Bening, el gran impulsor de la miniatura flamenca. Y el tercero de ellos, por el Maestro de los Triunfos de Petrarca y el Libro de Horas de Ana de Bretaña conservado en la Biblioteca Nacional de Francia.

En las primeras  visitas no conseguí que me enseñaran los manuscritos. En la primera solo puede hablar con la responsable de la Biblioteca, Ángels, una persona maravillosa y tremendamente amable y en la segunda por fin pude entrevistarme con el padre Damià, el bibliotecario de la Abadía. Mis credenciales por el trabajo con el Vaticano, así como otros proyectos y conocidos en común despejaron sus dudas de cara a autorizarme a ver los manuscritos, los cuales pude, por fin, sostener en mis manos con sumo cuidado en una de las salas de la biblioteca en mi tercera visita.

Al bajar de nuevo en el tren de cremallera recuerdo recibir la llamada de mi socio, Pedro, que esperaba ansiosamente noticias (siempre dice que a mi me toca la parte más divertida del trabajo y no le falta cierta razón). Me preguntó que cual de los tres manuscritos me parecía más interesante para reproducir mediante edición facsímil. Recuerdo que le contesté con rotundidad: “Los tres”.  Mi decisión podía haberle costado un ataque al corazón a mi socio, a la sazón el responsable de encontrar financiación y ejecutar todo el proyecto técnico para editar estas tres magníficas obras. Pero yo lo tenía claro, había encontrado allí arriba, entre las montañas mi Santo Gríal particular. En ese momento acaba de nacer la Colección Montserrat.

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